También la fiera
 
Te he visto en los jardines escondidos,
donde las rosas gimen por ausencia
y su aroma es la voz de la dolencia
latente tras los pétalos dormidos.

Te he percibido en la ola de sonidos
de aves y orquestas, en la transparencia
de los arroyos, y en la irreverencia
de juegos dionisíacos prohibidos.
 
Y te vislumbro al fondo de mi entraña,
mezcla de amor e instinto, que acompaña
cada paso que doy, opción que tomo,
 
sed que me da, montura que cabalgo.
Y espero ver, si de mi encierro salgo,
también la fiera que me arquea el lomo.
 
Soneto Nº1628
 
 
 
Viento
 
Muestra mil rostros sin tener facciones…
Oh, si pudiera reencarnarme en viento,
e invisible flotar, veloz o lento,
ya dócil brisa, o furia de ciclones.
 
Golpearía en todos los balcones,
rogando o exigiendo acogimiento;
¿quién se resistiría a mi lamento,
o arriesgaría mis devastaciones?
 
Pero al llegar mi soplo a tus umbrales,
miraría a través de los cristales,
y al verte en desnudez, sola en el lecho,
 
me filtraría audaz por cada grieta
de tus ventanas, y en quietud completa
descansaría al fin sobre tu pecho
 
Soneto Nº 1733

 
 
Noche sin ti
 
Es la noche, sin ti, larga y desierta,
perdidos la fragancia, los rumores,
la desnudez, los íntimos temblores,
en este insomnio, infinitud despierta.
 
Miro al techo sin verle, y a la puerta,
como a la espera de que te incorpores
a esta mi soledad y la devores
a mordiscos de amor, y a mano experta.
 
Si llamara tu voz, la luz se haría
como al grito de Dios el primer día,
desertando esta noche de mi lado.
 
Si escuchara el crujido en la madera
de tu paso gentil, qué primavera
podría reventar en mi costado.
 
Soneto Nº 1757
 
 
 
A pesar
 
Dentro, en el alma, tanto me ha llovido
que se desborda ya por la mirada;
y la columna vertebral truncada
parece estar del peso padecido.
 
Y a pesar de desaires y gemido,
a pesar de codazo y dentellada,
aunque mi vida ha sido saqueada,
no acierto a deplorar lo ya vivido.
 
No amo el dolor, prefiero soslayarlo;
si inevitable fuera, confrontarlo;
si vencido, esperar tiempos mejores.
 
Cada acción, cada encuentro, cada paso,
lleva en el fondo hostil de su fracaso
más ángeles de luz que enterradores.
 
Soneto Nº 1822
 
 
 
Breverías

 
510
Me llora el alma de melancolía.
¿Por qué? ¿Por quién? No lo sabré decir.
Quizá hubo una mujer..., quizá hubo un día...,
quizá un amor que se dejó morir.
 
 
850
Qué tristeza, mujer;
anhelante, desnuda y a la espera,
incapaz de atrapar la primavera
que entre las manos sientes florecer.
 
 
1204
Tengo tantas raíces..., y tú eres una de ellas;
no se sabe hasta dónde penetrarás el suelo;
si el aire entre las hojas plañirá sus querellas,
te besará la lluvia, te marchitará el hielo.
Sigue hundiendo tus dedos en el vientre fecundo
de esta tierra, mi tierra, que te acoge y se ofrece,
tu avance en mis entrañas tan íntimo y profundo,
que al principio me agita, y al final me adormece.
 
 
1717
Qué memoria tan larga hay en mis manos…
Conocen tu perfil, cada relieve,
los ángulos más tuyos, más arcanos,
a que cada una sin rubor se atreve;
los pliegues de tu blusa, que cedieron
al estallar en desnudez radiante;
y tus manos también, que respondieron,
y cada ávido gesto del semblante.
 
 
1941
Adhiriéndose a ti la enredadera
de estos brazos y muslos, de esta brasa
que no sabe entibiarse, de esta fiera
que cada día un límite traspasa
porque se acepta, más que se tolera,
porque se colma, y luego se rebasa;
adhiriéndose a ti, que estremecida
me absorbes antes de quedar dormida.

 
 
Esta línea que somos
 
Sobre la piel del alma, extenuados,
milenios duermen. Yo no soy de ahora,
y si voy al futuro, voy de espaldas,
con los ojos clavados en la historia.
Ciego para el mañana, indiferente
a los minutos que se desmoronan
en un hoy evasivo,
que llama y huye en fuga vergonzosa,
como niño travieso,
temeroso de que alguien le responda.
Es la vida una línea,
en el pasado firme y sinuosa,
inalterable, pero no evidente,
cuanto más se la mira más asombra.
Un punto es el presente,
en febril gestación reproductora,
filtrado entre los dedos como arena,
sin permanencia, solidez ni forma.
Y el porvenir oculta
entre los pliegues de su densa sombra
un proyecto de línea aún no trazada
que paso a paso avanza y se transforma.
 
Tres segmentos del tiempo
forjando a golpes nuestra vida toda.
 
Cuanto no ha sucedido no es aún mío,
ni lo miro, lo sueño o me acongoja.
Y tampoco soy dueño
de esa belleza efímera en las cosas,
que, apenas nacen, se abren y se mueren,
rosa, mujer, canción, palabra, aroma.
Sólo tenemos un ayer dormido,
impreciso y concreto, paradoja
que de los hechos más irreversibles
obtiene una versión con vida propia.
Y aunque haya sido en mármol esculpido,
no obstante en nuestra mente evoluciona.
 
Entonces, ¿qué nos queda? Lo que somos:
Un deseo, un instante, una memoria.
 
 
 
Tan lenta, suavemente
 
Tan lenta, suavemente te acaricio
como si fueras amasada de aire,
con velado temor de que te vayas
antes de haber logrado enamorarte.
Siento un rumor de playas, repitiendo
en marea constante,
que los afectos llegan y se alejan,
como el agua y la espuma de los mares.
Te quiero en pleamar, tan extendida
que tus olas revienten en mi calle,
sin bajamar amarga
de retiradas frías o cobardes.
Tan lenta, suavemente te acaricio
como si no quisiera despertarte,
porque en tu sueño reconozco mío
cuanto el crepúsculo ha de arrebatarme.
No abras los ojos, duerme,
aunque llame la luz en los cristales;
ésta es noche callada, que dilata
sus horas calmas cuando el alba nace.
Yace en inmóvil desnudez tendida,
sonrisa a flor de labios, caminante
por sendas de quietud, de azul, de lirios,
que antes que tú no haya pisado nadie.
Encuéntrame en la niebla de ese sueño,
dame la mano, dame el alma, dame
tu tiempo, y tal vez quieras,
al despertar, quedarte.

 
 
Hermano

 
Murió tal vez al apagarse el día,
en un rincón oscuro,
doble noche abrazando su agonía,
y el corazón sin estrenar, tan puro.
No sé dónde murió, ni cómo o cuándo,
ni tampoco por qué. Muchos murieron
defendiendo una idea en cada bando,
bando que les fue impuesto o escogieron.
Morir por una causa, una doctrina,
justa o falaz, puede tener sentido;
hay una meta que alcanzar, genuina,
aunque todo el que muere es un vencido.
Pero siempre, en el último momento,
quien se desangra adquiere el sentimiento
de que su muerte no habrá sido en vano;
y aquél que muere solo, sin razones,
es como si una banda de ladrones
le sustrajera el alma. Ay, hermano…
Tantas veces te he visto, tantas veces,
nunca te conocí, pero apareces,
sombra insistente que a partir se niega;
he recreado tantos escenarios
de tus últimos días que me llega,
como si fuera mía, tu congoja.
Cuando el otoño opaco se deshoja,
cuando el invierno se arreboza en nieve,
la primavera a florecer se atreve,
o se abrasan las rocas en verano,
tú llegas a mi lado, pobre hermano,
con el brazo tendido,
y no sé si requieres asistencia,
no sé si tu rumor es un gemido,
o si en esta presencia
me envuelve el regocijo del abrazo
que nunca recibí, que me usurparon
aún no sé si el cuchillo o el balazo.
Muerto sobre la tierra. Galoparon
tus recuerdos al ver la última hora
serpear hacia ti; llegó la aurora,
pero ya no hubo luz, no hubo rumores,
era la noche larga,
la noche que destierra los temores,
la noche ya ni lúgubre ni amarga,
la noche de la paz interminable.
Ay, hermano entrañable,
ay, hermano, perdido
antes de conocerte;
ni disculpo a la vida, que te ha huído,
ni le indulto a la muerte,
que descendió tus párpados distantes
antes de ver mi rostro en tus retinas;
ni perdono las manos asesinas
amarradas a mentes ignorantes.
Tal vez el sol tus restos entibiara,
tal vez la madre, compasiva tierra,
te cubriera la cara,
y al abrazo de Dios tu alma se aferra.
 
 
 
Mirando atrás

 
He de morir mirando sobre el hombro,
de cara a mis mejores realidades;
nunca el futuro me ha causado asombro
con su enjambre de posibilidades:
Un quizás, un enigma en claroscuro,
más que respuestas, una interrogante,
océano inseguro
que a tierra ignota lleva al navegante.
Ni me ha sobrecogido
la existencia aparente
de ese soplo nacido y evadido,
que llamamos presente.
Miro hacia atrás y a mí mismo me veo,
como soy, como fui, como me ha visto
la multitud con la que me codeo,
los amigos con quienes coexisto.
Y más lejos aún, generaciones
auténticas, tangibles,
con sus triunfos y sus contradicciones,
sus derrotas y sueños imposibles.
Gentes de carne y hueso,
como yo, de pasión enarnecidas,
capaces de matarse por un beso,
o curarse uno al otro las heridas.
No soy sino eslabón en la cadena
forjada con el hierro de la historia,
eslabón que chirría o que resuena
con voz de duelo o cántico de euforia.
Pude haber sido todo en el pasado,
con las huestes de Atila, sanguinario,
en el Renacimiento, refinado,
o místico en el claustro, y visionario.
Tal vez esclavo en la revolución
de Espartaco en inútil rebeldía,
o en las serenas aulas de Platón
disertando sobre filosofía.
O traficante de armas, equipando
al débil como al fuerte,
indiferente a un bando u otro bando,
señor de mercaderes de la muerte.
Pude haber sido trovador, amante,
siervo, mendigo, explorador, artista,
o pistolero abjecto e ignorante
pintado de color nacionalista.
De todos ellos heredero soy,
de unos con honra, de otros con afrenta,
de su sangre y sus huesos hecho estoy,
su colectividad me representa.
Auténticas, genuinas realidades
que tuvieron y tienen existencia,
por eso miro atrás, a sus verdades,
no a un porvenir envuelto en apariencia.
Y moriré con la mirada ardiente
hacia el pasado cierto,
y vivo estaré en él, aunque la gente
me considere muerto.
Enterradme en un campo de violetas
bajo la hierba verde,
donde me han precedido otros poetas,
y como a ellos tal vez se me recuerde.

 

Francisco Alvarez Hidalgo